El Titán de Bronce en Haití.

Hoy se conmemoran 124 años de la caída en combate en la finca San Pedro, del Lugarteniente General Antonio Maceo y la Editorial Capitán San Luis comparte en su sección “El libro de la semana” fragmentos de la novela “Nocturno de la Haitiana”. No se quede con los deseos de conocer este pasaje de la historia que involucra al Titán de Bronce en su pasó por Haití.

Antonio siempre quiso ir más allá. Nunca se resignó a vivir solo en la acción, sin otra alternativa que la fuerza, confiando en la energía fuera de todo límite de su brazo titánico, de acero tenso y poder legendario. Marcos le ha contado cuánto leía Antonio en la manigua, cómo rogaba libros a los hombres de letras del Gobierno en Armas para su mochila, aquella reserva espiritual que disfrutaba en los vivaqueos, en las convalecencias de sus muchas heridas. Se tiraba en la hamaca y leía y leía sin que sus ayudantes se atrevieran a romper el encanto de aquellas lecturas. Víctor Hugo estaba en­tre sus preferidos. Le conocía muy bien y le elogiaba la trama y el estilo. Superdotado para la pelea, no limitó su vida a hazañas de la guerra. Casi puede decirse que hizo cultura entre balas y cargas de su infantería. An­tonio escribe bien, incluso hermosamente, con alguna que otra imprecisión sintáctica, pero con la belleza de expresiones muy suyas, tan originales que en sus es­quelas se reconoce el pulso primitivo de la poesía, el hallazgo profundo de una vocación extrañamente lírica en un hombre hecho para la pelea. Lírico estuvo el día de la despedida, eso sí. Ella lo recuerda en todo el es­plendor de aquella cortesía y reciedumbre que lo hacía más viril, que proyectaba con mayor energía su mascu­linidad. Aquella hombría natural con que hechizaba a todas las mujeres y hacía que los hombres le rindieran tributo de respeto. Ella, la haitiana, por ejemplo, hizo un gran esfuerzo por lograr tutearlo. Y eso que él se lo había rogado, casi se lo exigió en las noches de mucha intimidad. Porque, en verdad, ella, por mucho tiempo, le llamó por el grado militar que ostentaba, haciendo caso omiso de los ruegos de Antonio, de su sonrisa cálida, de las ternuras de sus solicitudes para que lo llamara por su nombre. Hasta que una tarde, casi avergonzada, dejó que volara de sus labios la palabra “amor” y gozó el dul­ce batir de las alas de aquellas cuatro letras: solo enton­ces confirmó que había penetrado victoriosamente en la distancia que aquel hombre imponía, porque era como esos soberanos que de lejos parecen sustancia sagrada, divinidad inalcanzable, misterio superior de la especie, y de cerca resultan seres adorables, poseídos de una humana grandeza, gente simple como Cristo Rey).

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