
Cuentan los que saben, que en tiempos antiguos los indios que habitaban la isla de Cuba, así como los mayas que habitaban la península de Yucatán, en México, llamaban Huracán al dios que gobernaba los vientos, el fuego y las tormentas. Para imaginarlo, pensaban en una espiral que, con cada vuelta, se hacía cada vez mayor y más poderosa, y otros pueblos también lo representaban así, como un remolino gigante que giraba enloquecido y arrasaba con lo que encontraba a su paso.
Ariel conocía la historia y cuando dibujaba espirales en su cuaderno, se preguntaba si el dibujo terminaría en algún momento, o sea, que se rascaba la cabeza pensando cómo ponerle un punto final a esa línea que daba vueltas y más vueltas en el pedazo de papel que, al cabo de un rato, no alcanzaba para contener todas las volteretas que él, por cierto, había visto representadas en tamaño pequeño en la corteza de algunos árboles y en las conchas de ciertos caracoles.
Pero en ese tamaño reducido, la espiral se veía graciosa. Lo malo era cuando se volvía gigantesca y revolcaba furiosa a las nubes y a todo lo que había sobre la tierra. Porque arrancaba los árboles de raíz, desprendía los techos de las casas y arremolinaba las aguas como si un tragante enorme las halara hacia abajo en forma de torbellino. Entonces sí que la cosa se ponía fea, como ahora que el noticiero de la televisión había anunciado que aquello... un huracán descomunal y enfurecido se acercaba a la zona del mar Caribe y, en especial, a las Antillas...
No pasó mucho tiempo para que en el vecindario se escuchara ese pumpumpumpunear apurado que anunciaba el claveteo de siempre, unido al tracataclín de los cubos y cazuelas de agua recogida, el correteo de la gente de un lado a otro en busca de sogas, de tablas y, sobre todo, los animales que andaban sueltos por allá afuera, ajenos a la tempestad que andaba cerca, muy cerca.
Mientras ayudaba a su familia en todo el trajín que provocan los ciclones, Ariel recordó una clase de Historia donde la profesora había explicado que muchos pueblos antiguos se beneficiaban con el soplo de los vientos, ¡pero claro!, se trataba de vientos tranquilos, de brisa fresca, de ese airecito que hincha las velas y hace que los barcos avancen sobre el mar o sobre los ríos, como en el caso del Nilo en Egipto. Así había ocurrido a lo largo de los años y hasta el día de hoy, en que Evaristo, el vecino jubilado, se sienta en el portal de su casa a leer para disfrutar de la brisa de la tarde, cuando el sol calienta cada vez menos anunciando el crepúsculo.
—¡Ay, Evaristo! –dijo Ariel en alta voz al acordarse que el anciano vivía solo. Y añadió a gritos para que sus padres, hermanos y tíos lo oyeran—: ¡Vengo enseguida! ¡Voy a casa de Evaristooooooooooo!
El viejo se alegró de verlo, en especial cuando Ariel, sofocado por la carrera, le dio el recado de su mamá pidiéndole que cerrara bien las puertas y las ventanas y se fuera a pasar el huracán con ellos, que eran una familia numerosa y, además, tenían una vivienda más segura.
—Ya aseguré el cierre de las ventanas, aunque me preocupa la de la cocina, pues da al norte y es tremenda la ventolera que se cuela por ahí... –comentó Evaristo–. ¡Si tuviera más clavos podría trancarla mejor!
—¡Espéreme! ¡Ya vuelvo! –respondió Ariel y se echó a correr hacia la casa de los García, a unos metros de distancia.
—¡Muchacho! ¡¿Qué haces por la calle con este mal tiempo?! –le preguntaron angustiadas Cheché y Tití Carmen, las tías-abuelas de Gabriel García, su compañero de escuela. Y de inmediato ambas comenzaron a hablarle sobre las noticias urgentes que recién habían oído en la radio.
—¡Gracias, gracias, ya me voy! Solo quería saber si aquí tienen clavos suficientes para poder llevarle un puñado a Evaristo.
—¡Sí, tenemos! –contestó desde el fondo el padre de Gabriel–. Toma, llévale esta lata con clavos, ¡corre, date prisa! Yo iré contigo hasta la esquina, pues necesito unos tablones para la puerta del patio y Martín me dijo por teléfono que él podía darme los que necesito. ¡Andando, vamos!
En algún sitio del barrio, una puerta, ventana o lo que fuese, al abrirse y cerrarse sonaba como un violín desafinado y daba golpetazos sin lograr que el pestillo llegara al hueco del marco de madera donde ¡trac!, debía entrar sin perder tiempo antes de que se desatara el terrible fenómeno del ciclón anunciado que a cada minuto ganaba más en intensidad.
“¡Capaz que se convierta en huracán! No es la primera vez que sucede...” pensó Ariel ya de regreso al pensar en el gran torbellino endemoniado y en el familiar crujido de ramas que se parten, de aguaceros que corren a la velocidad de los ríos, de ventoleras súper bravas que arrancan postes, árboles y techos, ¡sí, señor!, como quien despega fácilmente un sello de correos.
Al rayar el mediodía, había caído la noche. Una noche cerrada. La oscuridad se había extendido por todas partes y los relámpagos estallaban en el cielo en zetas luminosas que, durante un par de segundos, arrojaban un chispazo de luz en el interior de las casas donde perros, gatos, jicoteas, gallinas y cuanto bicho anduviese por allí se sentían protegidos por las familias.
Al final del callejón, con ventanas y puertas reforzadas con gruesas tablas, todos tenían velas para alumbrarse. Y agua de beber, pan, huevos hervidos, leche en polvo y café caliente en el termo. Afuera todo se había vuelto un remolino, la lluvia caía en cataratas, el vendaval aullaba desenfrenado y la noche se hacía cada vez más espesa, sin siquiera dejar que afuera brillase un cocuyo.
—¡Fffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffff! –vociferaba el viento.
—¡Chchchchhchchchchhhhhhhhhhhhhhhhhhh!
–inundaban los aguaceros.
—¡Uuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu! –callaba el silencio y la gente hablaba en voz baja, atenta al desarrollo de la tormenta, los adultos entre buchitos de café y los muchachos entre sorbos de limonada.
—¡Buena suerte, vecinos! ¡Cuando pase la tempestad, volveremos a reunirnos! –era la despedida acostumbrada que se repetían unos a otros en el barrio durante la temporada de ciclones, época esta en que, cada año, los oídos se agudizan para detectar el trueno más retumbante o el ruido más ligero que emite la Naturaleza.
Sin embargo, esa vez, en determinado momento, hasta la lluvia y el viento dejaron de oírse. La tierra y el cielo parecían haberse detenido. Se ignoraba cuándo retornaría el sol. Y aunque el susto que dan esas sombras se queda metido en el pecho, Evaristo y Ariel decidieron jugar a las adivinanzas.
—¡Dale, embúllate, muchacho! ¡A mal tiempo, buena cara! –le aconsejó el viejo sonriendo. Y Ariel asintió.
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