Técnica canina en Cuba

A principio de 1961 se gestó el embrión de lo que constituyó, años más tarde, el Departamento Técnica Canina (DTC) en Cuba. El 24 de enero recibieron la visita de Fidel. Reunidos en el patio, el Comandante les habló sobre la importancia de la tarea que asumían; que eran los iniciadores, en quienes tenía plena confianza y en el desarrollo que alcanzaría la especialidad en el país.

Para Cuba fue novedosa la creación de una escuela para el entrenamiento de pastores alemanes, con la finalidad de prestar servicio en la defensa y protección del pueblo. De los perros se conocía el uso que les daban los colonialistas espa­ñoles para vigilar a los esclavos mientras trabajaban en los campos y en otras labores, también para rastrearlos cuando escapaban de sus haciendas o, en condición de cimarrones, se asentaban en los montes. Los campesinos, por su parte, los utilizaban en diferentes funciones, desde arrear el gana­do hasta cuidar de sus viviendas y animales. En los circos, totalmente amaestrados divertían y causaban asombro a sus espectadores. Para los niños siempre han sido la mascota favorita. De manera general, las personas lo destacan como el amigo fiel, cariñoso y obediente.

Hoy no se concibe el accionar de los diferentes mandos del Minint sin la cooperación de los canes, dado el servicio que prestan en misiones que se fueron incorporando paula­tinamente, tales como descubrimiento de huellas, de drogas, explosivos; cuidado de las fronteras, entre otras; de ahí la importancia de los hombres, que día a día dedican lo mejor de sí para que esos animales puedan cumplir su cometido. Juntos constituyen una unidad indisoluble.

Las primeras lecciones estuvieron dirigidas a la enseñanza de cómo trabajar con los pastores alemanes, una raza muy parecida a los lobos, de la que en Cuba no había experiencia en su tratamiento; instruyeron a sus pupilos en las voces de mando y la forma de lograr una buena comunicación con los perros, pues al llegar entrenados de otro país, distintos factores como el idioma, el clima, y hasta la personalidad del guía, podían entorpecer la tarea.

Para estos animales era muy familiar recibir órdenes a viva voz: «¡Siéntate!» «¡Échate!» «¡Arrástrate!», por supuesto en checo, por suerte, a las palabras se unía un lenguaje extraverbal con las manos y el cuerpo, que ayudó a los cubanos en su labor.

La tarea no era solo difícil, también arriesgada. Cada perro traía su historia. Ganar su confianza fue un proceso paulatino de extraordinaria paciencia y dedicación. En ocasiones rechazaron —como solo ellos saben manifestarlo— a sus nuevos guías. Pero una vez que el entrenador consigue familiarizarse con ellos, son fieles y obedientes a su orden, incluso, estando a gran distancia.

Esto y mucho más, puedes encontrar en la obra que le comparte la Editorial Capitán San Luis en su sección “El libro de la semana” titulado Los muchachos de la canina.

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