
Hemos recibido con dolor la muerte de Giustino Di Celmo, uno más que muere sin ver triunfar la justicia. El odio de Luis Posada Carriles y otros como él le arrebataron la vida a Fabio Di Celmo con tan solo 32 años de edad. Hoy lloramos a Giustino, a Fabio y a todos los que como ellos no han podido ver triunfar la justicia. Es por ellos que no podemos darnos el lujo de olvidar.
NO TENGO MÁS LÁGRIMAS
Desde ese aciago día en que estalló la bomba en el Copacabana, Giustino Di Celmo no ha tenido un momento de consuelo. El dolor se agiganta por minutos en el pecho del hombre trabajador y honrado a quien la ambición y el odio de unos criminales, le arrebataron la fiel compañía de su hijo amado.
Una de esas tantas noches sin sueño, en la solitaria habitación del hotel, el padre de Fabio Di Celmo tomó lápiz y papel y escribió sentimientos que se hicieron poesía:
A Fabio: mi hijo
Estabas aún en el
vientre de tu madre
y de alegría
lloré.
Eras un niño y
por tus fiebres y
tus caídas
lloré.
Eras un joven y
por el temor y la angustia
a la decisión de tu vida
lloré.
Cuando la bomba asesina
apagó tu joven vida
no tengo más lágrimas
para llorar.
Duele que el criminal, bajo la sombra oscura de sucesivos gobiernos de los Estados Unidos y protegido por sus agencias, esté en estos momentos, una vez más, fuera del alcance de cualquiera de los sistemas judiciales que lo reclaman por acciones terroristas cometidas en varios países.
Duele, hoy más que siempre, releer sus palabras publicadas en The New York Times:
“Duermo como un bebé. Es triste que alguien haya muerto, pero no podemos detenernos”, añadió. “Ese italiano estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado”.
Usted puede profundizar sobre este tema en el libro Fabio: el muchacho del Copacabana, de Acela Caner Román, publicado por la Editorial Capitán San Luis (2005).
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