
Cada año que pasa los científicos pronostican que la temporada ciclónica será más activa que la pasada y alertan con hincapié tomar todas las medidas pertinentes para evitar desastres y pérdida de vidas humanas, hoy la Editorial Capitán San Luis en su sección “Un cuento para leer”, comparte esta historia basada en hechos reales:
Mariana y el viejo Julián
Esta es una historia sencilla, pero grande. Sucedió cuando el ciclón llegó al caserío con tremendo viento, tan silbador que molestaba, también lo acompañaban el calor y la lluvia, mientras el mar se encaramaba en las rocas como nunca se había visto ni se iba a ver en mucho tiempo.
Esa tarde, cuando el cielo se puso rojo y el viento muy bravo, el viejo Julián dijo:
—¡Arriba! Todo el mundo para la casa de Ambrosio que es de mampostería.
Y para allá se fueron los vecinos a acurrucarse bajo el techo de Ambrosio.
Mariana también fue porque su casa era de madera y porque estaba un poco asustada, y eso que ella no le tiene miedo a nada, ni a los cangrejos, ni a los rascacios, ni siquiera a las morenas que muerden fuera del agua.
Pues ya en casa de Ambrosio, Mariana se sentó al lado de Julián, como si el viejo fuera a protegerla del ciclón. Ahí se quedó quieta mirando el cristal de la ventana como aguantándolo con sus ojos enormes llenos de susto. Por eso pudo ver lo que por un momento se pegó al cristal:
—¡Una foto de Julián! –dijo–, de cuando era joven…
Mariana corrió a la ventana, pero la foto se despegó del cristal y voló hacia la noche.
Todos los vecinos sentados en cualquier parte se dieron cuenta de lo que había sucedido, pero solo se escuchó la voz de Julián:
—¡Voló mi casa como Matías Pérez! ¿Viste, Mariana, como andan mis recuerdos volando?
Mariana abrazó al viejo como si fuera un árbol.
—Te vamos a hacer una casa, tú verás, mi papá, mis tíos y todo el mundo va a ayudar…
Los vecinos contestaron en un murmullo que sí, que le harían otra casa junto al mar, porque les gustaba ver a Julián pescando en la orilla o tejiendo tarrayas.
—Gracias –dijo Julián con una voz arrugada–, yo les agradezco la casa, pero estará vacía de recuerdos, ni el güije del manantial sabrá adónde fueron, seguro se perdió la estrella de mar, la lanceta de tejer redes que me regaló mi padre, el tapete último que bordó mi mujer y qué sé yo qué más.
Después, la gente se quedó adormilada en los rincones, sobre algún bulto hasta que al amanecer alguien se espabiló:
—¡Se fue el ciclón! ¡Ya se puede salir!
Fue la única frase que se escuchó, tanto desastre no se podía ver de una vez y había que verlo despacito y en silencio.
Mariana tomó de la mano al anciano.
—Todo está feo, pero se arreglará. Mira mi casa, tiene nada más que la cocina sin techo. Te voy a prestar mi cuarto hasta que levanten tu casa. Vamos.
Julián se sentía muy viejo, tanto que obedeció a Mariana. Ella lo dejó sentado en un taburete, para cuando hicieran el café y le pidió a su mamá que le diera también un poco de cariño y ánimo.
Los vecinos comenzaron a recoger cuanto servía para reconstruir, los colchones se pusieron al sol, se limpiaron las casas, días más tarde llegaron los linieros y tuvieron luz eléctrica.
Mientras se trabajaba en las casas, Mariana iba de un lado a otro por el caserío y sus alrededores. En las tardes ella caminaba por los arrecifes. Lo que buscaba era un secreto, y cuando recogía algo lo colocaba en una caja con un candado.
Por fin llegó el día en que la casa de Julián estuvo lista y todos los vecinos estaban emocionados. Mariana se mantuvo en la puerta para entrar con Julián de la mano. Allí en la casa había muebles nuevos, una jaula con tomeguines, macetas con plantas de costa; en las paredes y sobre una repisa, Mariana había colocado los tesoros que durante días acumuló en la caja misteriosa: una estrella de mar, la lanceta partida en dos y una nueva con el nombre del padre de Julián, un farol, parte de un timón de barco, y qué sé yo qué cosas más.
En la pared, en un marco nuevo con un cristal astillado –dijo Mariana que hasta conseguir otro– estaba la foto desvaída de Julián cuando era joven.
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