
Agradezco que me convocaran para hablar de mis experiencias personales en este terreno, aunque más que escritor siempre me veo como lector crítico que ha escrito el tipo de obras policiacas que me gustaría leer. Esta perspectiva resulta especialmente válida en este caso, ubicándome no como ensayista –que no soy— pues una valoración general está fuera de mi experiencia profesional y por no haber tenido ocasión de conocer in extenso la producción literaria policiaca cubana actual.
Ante todo quiero fijar el inicio de toda esta historia:
Aunque con razón se señala a Enigma para un domingo de Ignacio Cárdenas Acuña, publicada en 1971, como primera novela policial “hecha en Cuba” después de 1959, cuando en 1972 el Ministerio del Interior decidió convocar un concurso literario de género policial, no existían antecedentes suficientes en la literatura nacional de obras que abordaran esta temática como para hablar de la existencia de un policial cubano.
De manera que un punto de partida ineludible –sean tirios o troyanos los que sigan la pista hasta los inicios--, fue precisamente este concurso. A mi juicio y desde la experiencia del ávido lector que era entonces, es en torno a la respuesta a dicha convocatoria y sus primeros premios y publicaciones que se hace visible la “cubanización” de ese género para el gran público.
En alguna medida, fue usual en los autores de la época, acudir como paradigma a los clásicos y el uso de la deducción para descifrar el enigma, y lo más interesante o novedoso se encontraba en la exploración del trasfondo social revolucionario cubano, la descripción de cómo se desarrollaban los órganos policiales y la presencia activa de la población como fuerza de apoyo.
Por cierto la primacía de la trama y su estructura “informativa” respecto a otros valores formales, típico de ese momento, no fue exclusivo de la LP en nuestro país y puede considerarse como un rasgo, tal como apunta el semiólogo italiano Umberto Eco al referirse a las novelas policiacas (y de ciencia ficción) “en general”.
La sociedad cubana de esos primeros años estaba bastante polarizada – como diría años después Graziela Pogolotti al afirmar que “La premura del hacer imponía la premura del pensar. La intensidad de la vida intelectual alcanzaba una tensión sin precedentes”--, y el reflejo de ello, junto a la poca experiencia literaria, pudo hacer deslizarse a algunos hacia un esquema algo maniqueo de “buenos y malos”, justificando las acusaciones, no siempre desprejuiciadas, de esquematismo, didactismo y apología.
Aún así, el impacto de lo que hemos llamado cubanización del género y ese trasfondo social que reflejaba fueron decisivos para condicionar su eficacia comunicativa y por tanto su popularidad...
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