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Certidumbre

 

 

Hoy 28 de febrero de 2014 es un día especial. No solo termina el mes más literario del año y se abren las puertas al comienzo de la primavera. Hoy, último día de febrero, en Cuba, existen nuevas razones para sonreír, para no desesperar, para mantener la lucha.

Fernando González Llort ha pisado suelo cubano después de 17 años y ha recibido el calor y el recibimiento de un pueblo feliz de tenerlo de vuelta entre los suyos.

La Editorial Capitán San Luis se une a la celebración, y para ello regala una historia inigualable, Certidumbre, cuento de Laidi Fernández De Juan, se encuentra incluido en el proyecto Desde la soledad y la esperanza y es un regalo especial para Fernando, el héroe, el hombre de carne y hueso que defendió sus principios; y para todos los lectores, que desde cualquier rincón del mundo, hoy comparten la alegría de verlo libre…

Certidumbre

DÍA 1. Al cabo de seis meses de no verte, creo que empiezo a sentir alivio. Quizás, hoy eres menos. Me imagino que cuando lo sepas, te alegrarás, porque el roce de la culpa, que si acaso te llegaba de vez en vez, en lugar de aguijonearte, comenzará a ser más tenue, hasta que se confunda con un soplo de brisa.

Yo también me alegro. A partir de hoy, todas las energías que deposité en ti durante muchos años, y sobre todo en estos últimos meses, desde que la muchacha que vende floripondios artificiales logró conquistarte, encontrarán otro objetivo.

Con el favor de todos los recursos a los que mi espíritu tuvo que recurrir, desenfocado en estos tiempos por tu abandono, empezarás el lento pero definitivo camino de mi olvido.

Por ejemplo, ya no tendré que observar las llamas de las velas que llevo ciento ochenta días encendiendo para ti, junto al único retrato que conservo de nosotros dos. Según aprendí en uno de los muchos libros de contenido esotérico que me regalaron mis amigas, es necesario dedicar varios minutos a la contemplación de las velas encendidas si se quiere adivinar cómo ven las hadas y los ángeles la posibilidad de un regreso.

Durante los primeros meses, me resultó difícil, hasta que de solo mirar la flama, fui capaz de saber el augurio de cada día.Tu pensamiento, carente de estas imaginaciones que no pertenecen al terreno de la racionalidad, te exime de comprender qué significa que la llama vacile, que llore mucho, que suba y baje o que parezca una espiral o se divida en dos, suelte chispas al aire o queme con luz azulada.

Pero mi mente, muy superior a la tuya para estas cosas, cuando recibió por la mañana el mensaje que le enviaron mis ojos, de que la punta de la mecha de la vela brillaba más que nunca, enseguida supo que hoy, a los seis meses de no verte, empezarás, efectivamente, a ser menos.

No es un azar. Te aseguro que ese brillo de hoy, así como los sueños que me visitan últimamente, que interpreto según el diccionario de los sueños (otro de los libros que consulto), la forma en que los girasoles se inclinan hacia mí en lugar de hacerlo hacia la luz, la velocidad con que se marchitan los ramos de mariposas, la repentina robustez de los helechos del jardín y otras cosas del mundo mágico, son señales de que vas a empezar a ser sustituido.

Sé que ni tu vanidad inmensurable hará que te preocupes, sé bien que tu escepticismo te protegerá y que hasta el sol de hoy vives con el lapidario estilo de creer que mi alma te pertenece.

Así era. Cuando rememoro los años en que consumí todas mis fuerzas regalándotelas, siento la pena de haber arado en el mar.Sin embargo, esa pena, que en verdad es una mezcla de soberbia por haberme malgastado y de lástima hacia ti, porque nunca más te van a amar de esa manera, empieza a disiparse. Créeme, hoy vas a entrar en mi pasado (como el tango que oíamos juntos) aun sin conocer yo misma en qué depositaré la esperanza que me enseñó el libro Las siete leyes espirituales del éxito.

DÍA 2. El hombre experto en la lectura del Tarot quiso saber si mantenía reservado el turno que le solicité hace varias semanas. Estuve tentada de decirle que no, que estoy harta de recibir respuestas demasiado entusiastas a mis preguntas. Que aunque al principio me sirvieron de consuelo todas las cartománticas, que invocando a una gitana, me decían que tu regreso era tan inminente que mire usted cómo se me erizan los brazos, ya no podía seguir creyendo.

Quise decirle que no, que lejos de adivinarme el futuro, esas mujeres me habían permitido descubrir que no soy hija de nadie. Porque no me parece serio que una de ellas asegure que soy hija de Changó en agosto, la de octubre diga que de seguro me protege Oyá, de las profundidades de la tierra, y luego que Yemayá es mi madre, allá por noviembre.

La lectura del Tarot no sería mejor, pensé, que todas las otras sesiones donde el espiritismo, dibujado en la adivinación, ordenaba instrucciones que si yo cumplía al pie de la letra, garantizaban tu regreso (que de todas formas, prometían).
Cuando una mujer se ha bañado azotándose con hojas de caimito

después de sumergirse en una bañera cubierta con botones de oro, y luego bebe miel con vino seco, sin haber obtenido lo que con tantas fuerzas pidió, es natural que deje de creer.

Pensé contarle todo esto al hombre del Tarot, pero no lo hice. Acudí a la cita, con el cansancio y la inercia de quien está de vuelta de todo.

Los Arcanos mayores aparecieron enseguida. La mejor carta, una que muestra a un sol gigante, cayó en el centro de las demás. El hombre que tiene el nombre que usted ha mencionado, regresará. No le quepa la menor de las dudas.

Eso dijo el experto. Yo le sonreí, ocultando mi poca fe, y salí a caminar. Me detuve en el Malecón, y al sentarme en el muro, con los pies hacia el mar, mi vista se clavó en las caprichosas olas. En completo desorden, unas se ocultaban debajo de las otras. Las primeras parecían enojarse y las segundas se entrelazaban buscando ser protegidas. Traté de descifrar qué significado podría tener la indisciplina marina que yo contemplaba, pero luego recordé que había decidido no continuar con mi empeño de ver señales por todas partes, y desvié la mirada. Había otra mujer sentada a pocos metros de mí, en el muro. Me acerqué a ella, en un gesto de solidaridad femenina.

—¿Puedo ayudarte en algo? —le pregunté.
—No, gracias, vengo a cada rato a mirar el mar —dijo ella. Me llamo Rosa A.
¿y tú?

—María E., mucho gusto. ¿Esperas a alguien? —quise saber.
—Siempre. Pero está lejos —dijo ella.
—Eso sucede. ¿Puedo saber cómo se llama él?

Y entonces supe que era inevitable para mí reconocer signos en todo lo que sucede a mi alrededor. El hombre que espera Rosa A. se llama como tú. Ellos, separados y ella, esperando respuestas del mar. No puede ser casual.

DÍA 3. Sin haberlo acordado, volvimos a encontrarnos. Dispuesta a deshacerme de los atributos que me acompañaron durante muchos meses, fui cargada de velas, inciensos y de una piedra lisa que no sé por qué identifiqué como posible intermediaria entre el universo celestial y yo, y me dirigí al parque Víctor Hugo.
Inicialmente pensé arrojarlo todo al mar, pero hubiera sido un insulto ecológico, y nadie quita que después de todo, Yemayá sea mi madre. Luego se me ocurrió que en el latón de basura de una esquina cualquiera era donde debían descansar los objetos que al cabo, no hicieron más que ilusionarme con la absurda idea de tu regreso, pero me pareció muy grosero.

Ninguna de estas opciones me satisfacía, así que me dirigí al parque de la ceiba gigante, a cuyo pie suelen aparecer misteriosamente calabazas, plátanos negros atados con cintas rojas y gallinas sacrificadas.

En realidad, yo quería despojarme de ti, para lo cual era necesario alejar de mi lado las anunciaciones de tu retorno, según decían las llamas de las velas, los aromas de los inciensos y la fría mirada de una piedra lisa.

Tal vez, aunque yo me proponga que seas menos, una parte diminuta de mí no acaba de renunciar a la posibilidad de otra vuelta de la antigua esperanza. Necesitaba darme una especie de tregua en el crepúsculo, y no hay mejor lugar para hacerlo que una ceiba.

Entre otros objetos, incluida una piña rodeada de moscas, coloqué mis extrañas ofrendas y me senté en uno de los bancos que rodean a la glorieta del parque. Aunque decidida a olvidarte o por eso mismo, sentí una tristeza que no pude argumentar. Comprendí que el amor dilapida y confunde como una riqueza malhabida.

Al rato, llegó Rosa A. caminando con una fortaleza espartana que me impresionó. Después de sentarse en el banco más próximo al mío, empezó a leer un fardo de cartas luego de desatar la cinta celeste que las unía.

Era una imagen muy decimonónica, pero a ella no le importaba el ridículo. Quizás sabía que la soledad, por encima de todo, es impúdica. Como sabes, no creo en el azar; sé que la vida adora las teatralidades, así que me acerqué a ella y le recordé quién soy. Me miró, enfurecida por tener que interrumpir la lectura de las cartas, pero era una cólera matizada, como la de los ángeles.

DÍA 4. Es asombroso el pragmatismo de Rosa A.
Le expliqué que según algunas teorías orientales, cada dificultad en la vida es un desafío para hacernos más fuertes (lo leí en alguno de los libros que ya te he mencionado). Le dije que los poderes debemos encontrarlos en las flores, en los espejos y en la fuerza de las oraciones. Me interrumpió tajantemente, diciéndome que a Dios no hay que rogarle. Hay que exigirle.

Debo admitir que esa mujer me ha sobrecogido. Fuimos intercambiándonos nuestras historias, con esa rara complicidad que se tiene con los desconocidos, y descubrimos que nos casamos el mismo año, que llevamos solas el mismo tiempo, que a nuestros hombres les gusta la misma cerveza, la misma música, y que ambos son buenos lectores.

O sea, tú y él tienen muchísimos puntos en común, además de mujeres que se van conociendo. Contraria a mí, que me aterra el anonimato, Rosa A. no dice más de lo imprescindible. Me llamó la atención su serenidad al hacerme sus cuentos, la falta total de la angustia que a mí me sobra.

Le hablé de tu nueva mujer, la vendedora de floripondios plásticos. Le conté cómo nos burlábamos tú y yo de sus frivolidades, de sus peinados, de su excesivo maquillaje cada vez que íbamos a su tienda, y le confesé que nunca había imaginado que algún día acabarías unido a semejante persona.

Cuando terminé, Rosa A. dijo que a ella no le había sucedido nada parecido. Que aunque nuestras historias coincidieran en fechas y yo me empecinara en buscarte, te había perdido, como las cosas que se pierden en el mar.

A ese punto del diálogo, era obvio que nuestras diferencias no nos permitirían un próximo encuentro. Le dije que era un placer haberla conocido, que le deseaba toda la suerte del mundo y que el tiempo se encargaría de decidir cuál de los dos hombres que se llaman igual regresaría primero.

Ella esbozó una casi sonrisa, que parecía de cristal, y se despidió con estas palabras, que más extrañas no pudieron ser:

—¿Es que no lo has visto desde el principio? Todas las predicciones que me contaste, tus rezos, las cartas astrales, todo ha pronunciado el nombre de quien va a volver. He ahí el secreto de mi paz, que tanto te molesta. Sé quién será, porque a diferencia de ti, yo no he sentido su ausencia. Yo siento una soledad compartida.

Cada una de nosotras, tomó un rumbo distinto. Justo cuando yo cruzaba la calle para ir a mi casa, cayó una tormenta de relámpagos. Sin tiempo ni deseos de averiguar qué significado pueden tener esos ronquidos que vienen del cielo, te escribo.

Esta será la última vez. Por favor, no vuelvas nunca. Mi falta de fe merece el castigo de perderte, y la certidumbre del regreso del otro Fernando.

Madrugada del 17 de enero de 2007

 

 

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